sábado, 17 de enero de 2015

Rolemaster: la Venganza de los Muertos (Intro)



Desde lo alto de la muralla, Karvarund miró ceñudo al paisaje que se extendía alrededor de Helias. Restos de una batalla. Cadáveres. Armas. Escudos y lanzas, arreos y caballos muertos, maquinaria y estandartes. Sobre el conjunto flotaba el tufo persistente de barro removido, excrementos de caballo y hogueras. Los cadáveres, gracias al fresco clima del otoño, tardarían un poco más en oler.

Una batalla contra los Jinetes. Una batalla cojonuda que él, aventurero, guerrero, campeón, se había perdido. Mierda puta.

- Así que -dijo gruñendo-, los cabrones de los Hombres de Fuego levantaron a los muertos y huyeron.

Wulgrum le miró sonriente, despatarrado sobre una silla de montar ornamentada que había subido a la muralla. Ja. El enano estaba de mala leche por haberse perdido la trifulca. Mientras él tumbaba caballos y jinetes con las manos desnudas, Karvarund se había dedicado a cuidar de su protegido (Falki, o Filki, o algo así) y pasearlo por las montañas. Wulgrum estaba seguro de que Karvarund había olido la batalla desde donde estuviese (siempre las olía) y había puesto rumbo a toda leche hacia Helias. Tarde, mediometro.

- Sí. Les machacamos a base de bien. Lord Tarik en persona -añadió, paladeando el nombre. Karvarund idolatraba al belicoso Lord- se presentó, ya sabes, y destrozó con sus tropas a los jinetes. 

- ¿Hubo... -preguntó Karvarund con los dientes apretados-, hubo mucha resistencia?

- Oh, sí. Encarnizada.

- Grumpf.

- Muchos montañeses lucharon hasta la muerte.

- ¡Grag!

- Y los muertos, oh, esos sí que dieron guerra. No había forma de pararlos. Un brazo fuerte con, digamos, una buena maza, hubiera podido hacer milagros.

Karvarund gruñía en un tono bajo y retumbante, como una tetera puesta a hervir demasiado tiempo. Y llena de plomo fundido. Hubiera debido estar aquí, hubiera debido estar aplastando cráneos y rompiendo dientes con el escudo en vez de haciendo turismo por los valles con el sobrinito del Señor Enano Brobar. Vio una figura impecablemente vestida entre los restos de la batalla que miraba hacia él. Era Galadhon. Hasta ese elfo afeminado, blanquito y débil había estado presente durante la batalla. Estaría escondido con las mujeres y los niños, seguramente, pero, coño, había estado. Galadhon le saludó alegremente desde abajo y el ceño de Karvarud descendió más aún hasta casi encontrarse con su nariz. Se dio la vuelta rígidamente. "Allá va el discurso", pensó Wulgrum, divertido.

- Mecagoentodo, ¡tendría que haber estado yo aquí! -vociferó exaltado, agitando unos puños llenos de callos - Hace diez años, en La Viuda, los esqueletos de los Pastores Malditos atacaron a diez enanos entre los que estaba yo. Resistimos durante doce días y no tuvimos ni una baja. ¡Ni una! ¡Todo a mazazos! Y recuerdo cuando el Señor Barrauk nos contrató para hacer una mina en el volcán de...

- ¡Chicos, os estaba buscando! -dijo una voz femenina que se aproximaba al parapeto.

Solo una persona llamaría "chicos" a un enano bebedor, furibundo y homicida y a un individuo capaz de derribar a un jinete lanzado a la carga... de un rodillazo. Solo una mujer en el mundo tenía el aplomo (o la ingenuidad) de tratarlos como a amiguitos de aventuras y no como lo que eran: fabricantes de viudas.

Esa mujer se llamaba Minerva, era parte de la guardia de Helias y era el amor platónico de Karvarund. A ella, este interés le parecía "mono". A todos los demás, grotesco.

- Chicos, el comandante Marcus tiene otra misión para nosotros.

- ¿El Capitán Úlcera? - bufó Wulgrum-. Habrá discutido con su mujer.

- ¡Le habrá pillado en la cama con algún recluta! -voceó el enano, y rió su propia ocurrencia- Con esa pinta de sodomitas que...

Minerva le miró con un mohín y Karvarund se detuvo en el acto.

- ...que, que, en fin, que será mejor ir a ver qué quiere. Tal vez nos mande a perseguir a los jinetes, ¿eh? Señorita Minerva, ¿de qué misión se trata?

- No me lo ha dicho. Debemos presentarnos ante él, esta misma mañana.

- Oh, estaré encantado de acompañarla -dijo Karvarund, consiguiendo que sonara más como una amenaza que como un cumplido. Sonrió estúpidamente y, en un alarde de valor, quiso ofrecerle el brazo a Minerva para ayudarla a bajar. Debido a la diferencia de altura entre ambos, el gesto fue totalmente absurdo y daba la impresión de que Karvarund quería protegerse de un golpe invisible dirigido a su cara. Minerva le miró, retrocedió un paso, y el enano se dio por vencido.

Wulgrum no sabía si reir o lamentarse. Una nueva misión, y en compañía de tan agradables individuos. En fin, ya llevaba un par de días sin dar un triste puñetazo. Se levantó y fue tras ellos.

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