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sábado, 17 de enero de 2015

Rolemaster: la Venganza de los Muertos (Intro)



Desde lo alto de la muralla, Karvarund miró ceñudo al paisaje que se extendía alrededor de Helias. Restos de una batalla. Cadáveres. Armas. Escudos y lanzas, arreos y caballos muertos, maquinaria y estandartes. Sobre el conjunto flotaba el tufo persistente de barro removido, excrementos de caballo y hogueras. Los cadáveres, gracias al fresco clima del otoño, tardarían un poco más en oler.

Una batalla contra los Jinetes. Una batalla cojonuda que él, aventurero, guerrero, campeón, se había perdido. Mierda puta.

- Así que -dijo gruñendo-, los cabrones de los Hombres de Fuego levantaron a los muertos y huyeron.

Wulgrum le miró sonriente, despatarrado sobre una silla de montar ornamentada que había subido a la muralla. Ja. El enano estaba de mala leche por haberse perdido la trifulca. Mientras él tumbaba caballos y jinetes con las manos desnudas, Karvarund se había dedicado a cuidar de su protegido (Falki, o Filki, o algo así) y pasearlo por las montañas. Wulgrum estaba seguro de que Karvarund había olido la batalla desde donde estuviese (siempre las olía) y había puesto rumbo a toda leche hacia Helias. Tarde, mediometro.

- Sí. Les machacamos a base de bien. Lord Tarik en persona -añadió, paladeando el nombre. Karvarund idolatraba al belicoso Lord- se presentó, ya sabes, y destrozó con sus tropas a los jinetes. 

- ¿Hubo... -preguntó Karvarund con los dientes apretados-, hubo mucha resistencia?

- Oh, sí. Encarnizada.

- Grumpf.

- Muchos montañeses lucharon hasta la muerte.

- ¡Grag!

- Y los muertos, oh, esos sí que dieron guerra. No había forma de pararlos. Un brazo fuerte con, digamos, una buena maza, hubiera podido hacer milagros.

Karvarund gruñía en un tono bajo y retumbante, como una tetera puesta a hervir demasiado tiempo. Y llena de plomo fundido. Hubiera debido estar aquí, hubiera debido estar aplastando cráneos y rompiendo dientes con el escudo en vez de haciendo turismo por los valles con el sobrinito del Señor Enano Brobar. Vio una figura impecablemente vestida entre los restos de la batalla que miraba hacia él. Era Galadhon. Hasta ese elfo afeminado, blanquito y débil había estado presente durante la batalla. Estaría escondido con las mujeres y los niños, seguramente, pero, coño, había estado. Galadhon le saludó alegremente desde abajo y el ceño de Karvarud descendió más aún hasta casi encontrarse con su nariz. Se dio la vuelta rígidamente. "Allá va el discurso", pensó Wulgrum, divertido.

- Mecagoentodo, ¡tendría que haber estado yo aquí! -vociferó exaltado, agitando unos puños llenos de callos - Hace diez años, en La Viuda, los esqueletos de los Pastores Malditos atacaron a diez enanos entre los que estaba yo. Resistimos durante doce días y no tuvimos ni una baja. ¡Ni una! ¡Todo a mazazos! Y recuerdo cuando el Señor Barrauk nos contrató para hacer una mina en el volcán de...

- ¡Chicos, os estaba buscando! -dijo una voz femenina que se aproximaba al parapeto.

Solo una persona llamaría "chicos" a un enano bebedor, furibundo y homicida y a un individuo capaz de derribar a un jinete lanzado a la carga... de un rodillazo. Solo una mujer en el mundo tenía el aplomo (o la ingenuidad) de tratarlos como a amiguitos de aventuras y no como lo que eran: fabricantes de viudas.

Esa mujer se llamaba Minerva, era parte de la guardia de Helias y era el amor platónico de Karvarund. A ella, este interés le parecía "mono". A todos los demás, grotesco.

- Chicos, el comandante Marcus tiene otra misión para nosotros.

- ¿El Capitán Úlcera? - bufó Wulgrum-. Habrá discutido con su mujer.

- ¡Le habrá pillado en la cama con algún recluta! -voceó el enano, y rió su propia ocurrencia- Con esa pinta de sodomitas que...

Minerva le miró con un mohín y Karvarund se detuvo en el acto.

- ...que, que, en fin, que será mejor ir a ver qué quiere. Tal vez nos mande a perseguir a los jinetes, ¿eh? Señorita Minerva, ¿de qué misión se trata?

- No me lo ha dicho. Debemos presentarnos ante él, esta misma mañana.

- Oh, estaré encantado de acompañarla -dijo Karvarund, consiguiendo que sonara más como una amenaza que como un cumplido. Sonrió estúpidamente y, en un alarde de valor, quiso ofrecerle el brazo a Minerva para ayudarla a bajar. Debido a la diferencia de altura entre ambos, el gesto fue totalmente absurdo y daba la impresión de que Karvarund quería protegerse de un golpe invisible dirigido a su cara. Minerva le miró, retrocedió un paso, y el enano se dio por vencido.

Wulgrum no sabía si reir o lamentarse. Una nueva misión, y en compañía de tan agradables individuos. En fin, ya llevaba un par de días sin dar un triste puñetazo. Se levantó y fue tras ellos.

domingo, 13 de julio de 2014

Rolemaster: el Lobo y el Fuego (I)

Para entender mejor lo que pasa, recomiendo leer el episodio anterior de esta campaña, El Rey de Andrajos, en este mismo blog.

Tras acabar (de momento) con la amenaza que suponían Gelodoc, sus montañeses y sus temibles sombras no-muertas, los aventureros pasaron una temporada desfaciendo entuertos y provocando guerras civiles en el vecino Ducado de Valenia. El Ducado ha pasado por unas cuantas semanas políticamente muy delicadas, con un Duque que ha muerto, un heredero apocado y un hijo bastardo muy ambicioso. Las cosas parecían más tranquilas cuando el grupo abandonó las tierras del Ducado, a pesar de todos sus esfuerzos por sembrar el caos y la destrucción...

Para aquellos que hayáis leido las anteriores entregas: Siegfried el mago y Vania la ladrona murieron horriblemente en una trifulca multitudinaria contra una especie de extraños trasgos salvajes que han empezado a aparecer en distintos puntos del mundo. Siegfried ha sido reemplazado por otro miembro de su orden, un gigante llamado Bjorn armado con un mazo descomunal*.

Pues bien, el grupo viaja sin rumbo fijo por las tierras cercanas a la ciudad de Winarom. A lo lejos ven una especie de humareda, como de un incendio o batalla. Lógicamente, se acercan en busca de problemas. Horas más tarde, cuando llegan al lugar, descubren una escena de violencia. Una veintena de hombres, de apariencia militar, yacen muertos en medio del páramo. Parecen soldados mercenarios e irregulares de diversa procedencia. Algunos de ellos parecen de origen valenio, probablemente soldados de fortuna que han abandonado su patria en esta época turbulenta.

Solo uno de los hombres sigue vivo. Tras darle un poco de agua, consigue decir una palabras:

- Los jinetes... los jinetes nómadas del Este cayeron sobre nosotros. ¡Los nómadas vuelven a la guerra!

Y muere a causa de sus heridas (y de la absoluta inutilidad del grupo en el campo de los primeros auxilios).

Conviene explicar que los nómadas a los que se refería el soldado son el nombre genérico que les dan por aquí a las distintas y variopintas tribus de jinetes que viven muy lejos, hacia oriente. Los Nómadas tienen costumbres extrañas y conservan sus formas de vida tradicionales, las cuales incluyen invadir de vez en cuando las tierras de occidente... Sin embargo, no hay ninguna noticia de que actualmente las tribus quieran atacar, que se hayan unido o que tengan a un señor de la guerra poderoso capaz de liderarlas. Los viajeros Nómadas son raros por estas latitudes, pero no excepcionales. Lo que es más extraño es que un pelotón de ellos se dedique a matar soldados de fortuna.



Un par de días más tarde, mientras siguen el rastro de los jinetes atacantes, encuentran el cadáver desvalijado de un Nómada. Parece haber muerto a manos de otros Nómadas. ¿Que pasa aquí? Amanaki, el jinete, explica que muchas veces los clanes están en guerra entre sí y se matan cuando se encuentran. Podría ser una explicación.

No lejos de este cuerpo hay una pequeña aldea. Los aventureros van hacia ella con intención de descansar y preparar su siguiente paso. No llevan ni media hora en la aldea cuando oyen algo así como "primero los muertos que caminan, ahora jinetes que aparecen muertos...". Quien lo ha dicho es un joven labriego de aspecto no muy avispado llamado Nob. Dice que hace un par de días, mientras iba de camino a casa, vio "un horrible muerto que se movía en el fango del pantano, un poco río arriba... parecía un cadáver putrefacto que trataba de salir del agua". Lógicamente, el grupo quiere ir en tromba al pantano, a ver qué hay. Efectivamente, ven señales de que el fango ha sido removido y hay salpicaduras de barro maloliente en las orillas, pero nada más. Xhioj se mete en el fango hasta el cuello, tentando a la suerte.

Esa misma noche deciden volver. Si no hay muertos de día, tal vez los haya de noche. A la hora de las brujas se acercan al mismo sitio y rebuscan entre los juncos de la orilla. No tardan en encontrar un cadáver putrefacto junto a la orilla. Xhioj y Karvarund entran absurdamente en el agua. Mientras tratan de abrirse paso entre el pegajoso barro del fondo, algo se mueve frente a ellos: del agua emergen dos horrendos cadáveres que intentan comérselos. El cadáver de la orilla parece cobrar vida de repente y se une al asalto. Por suerte para el grupo, sus armaduras y escudos resultan ser impenetrables para las criaturas, que son descuartizadas sin piedad.

Los muertos no descansan en esta tierra amenazada por la guerra. ¿Qué está pasando?

*Es verídico, el tío tiene gigantismo. Parece un puto minotauro.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Campaña de Chiros: Necrones [relato]



Explorar las antiguas ruinas era divertido, pero a Chadu no le gustaba tanto perturbar la paz de antiguos campos de batalla. Le parecía… poco respetuoso para los que habían luchado ahí.

Chadu y Chani, a sus doce años, tenían en las ruinas su parque de atracciones ideal. Durante años las había explorado y habían encontrado pequeños tesoros, objetos y minucias de tiempos remotos que para ellos eran auténticos hallazgos. Hoy, a Chani se le había ocurrido a ir a los campos sombríos del sur, donde normalmente no les permitían ir porque había serpientes y zonas pantanosas. Le explicó a Chadu la historia de las grandes batallas que habían tenido lugar aquí siglos, milenios atrás. Grandes hordas de guerreros habían luchado y muerto justo aquí. Sus cuerpos debían reposar aún entre las cañas y los fuegos fatuos (aunque Chadu sabía de sobra, igual que su amigo, que los cuerpos acaban desapareciendo tras “milenos” de putrefacción). 

Recordaba, no obstante, la historia de un mercachifle que pasó por el pueblo exhibiendo un “Muerto de Metal” hace unos años. Aunque ellos eran muy pequeños y no les habían permitido verlo, sus hermanos mayores dijeron que el mercader llevaba un gran esqueleto metálico, cubierto de liquen y moho, que les miraba con ojos fríos colgado en un gancho. Dijeron también que el Muerto de Metal no parecía de metal, sino de alguna sustancia más maleable y no tan rígida. Alguien dijo que era de goma. Y, aunque se rieron, todos comprobaron que el Muerto de Metal tenía algo de siniestro, y salieron nerviosos de la tienda del comerciante. Tal vez haya más Muertos de Metal en los pantanos, pensó Chadu con un escalofrío.

Oyó un grito de Chani y se sobresaltó. Pero inmediatamente se dio cuenta de que era un chillido de sorpresa. Corrió al lado de su amigo, que le hacía señas desde un lugar especialmente tupido. Se abrieron paso entre altas cañas y lianas, mientras Chani repetía una y otra vez “mira lo que he encontrado, ¡son Muertos de Metal!”.

Lo eran. Chani retiró unos helechos y Chadu pudo ver no uno, sino varios esqueletos metálicos de pie en un claro. Eran altos, de más de dos metros, y cada uno sujetaba un arma de aspecto extraño, con un apagado brillo verdoso. Los chicos se quedaron mudos de sombro. Los Muertos estaban en perfecta formación. Tal vez llevaban allí cientos, miles de años. ¡Nadie se lo creería!

Mientras miraban la insólita formación de estatuas, vieron un resplandor verdoso que se hacía visible tras ellas. Cuando trataron de verlo mejor, se desató un tremendo fragor de ruidos metálicos y rayos de luz verdosa. Todo fue tan súbito y ensordecedor que los chicos se agazaparon sin decir palabra, pasando del asombro al terror. 

Los Muertos de Metal se irguieron de pronto, como un ejército en perfecta formación. No hicieron ruido alguno: ni chirridos, ni chasquidos, nada. Las armas adquirieron un brillo refulgente, al igual que los ojos y los pechos de los soldados-robots. Los seres miraron, con perfecta e idéntica coordinación, a los espantados chicos.

Chani se puso en pie como impulsado por un resorte e hizo algo que recordaría y lamentaría el resto de su vida: echo a correr ciegamente por el cañaveral hacia su casa. Mientras las zarzas y helechos le fustigaban y arañaban el cuerpo, notó a sus espaldas, casi simultáneamente, el grito aterrado de Chadu, una letal descarga de calor y un espantoso olor a ozono y carne quemada.

Desde el pueblo vieron a Chani correr desaforado, vociferando. Tras él, el pantanal entero parecía agitarse y brillar con luz verdosa. Los pueblerinos oyeron cosas terribles que venían del pantano y muchos elevaron una plegaria al Emperador Benefactor.  Algo aterrador y ancestral había despertado.

martes, 11 de septiembre de 2012

Campaña de Chiros: Lobos Espaciales [relato]



Esquiva y golpea, esquiva y golpea. Hanulf el Solitario llevaba dos horas machacando metódicamente a los jóvenes Garras Sangrientas en una de sus infames sesiones de entrenamiento. Esquivar y golpear, con la práctica que otorgan dos siglos de luchas casi ininterrumpidas. Los jóvenes del Capítulo conocían a Hanulf como un tutor despiadado y áspero, pero con inmensos conocimientos en todo lo relacionado con destruir a un oponente. Casi todos los componentes de las Compañías novena y décima, las más bisoñas del capítulo, habían pasado por sus manos durante las últimas décadas. Muchos grandes guerreros de la actualidad habían sido apaleados por Hanulf en su juventud.

Hanulf maldecía y provocaba a los cachorros de Lobo Espacial, enfureciéndoles o intimidándoles, según el caso, hasta hacerles caer en un error potencialmente letal. Gracias a la increíble resistencia física de todos los Marines Espaciales, ninguno de ellos permanecía demasiado tiempo inconsciente.

Un sonido neumático anunció la llegada de un visitante a la gran sala. Todos reconocieron, recortándose en el dintel de la puerta, la imponente silueta de Hage, Líder de Batalla de la Segunda Compañía, uno de los maestros de armas del Capítulo. Los Garras Sangrientas se cuadraron automáticamente. El joven que en ese momento se enfrentaba a Hanulf, visiblemente nervioso, apartó la vista de su oponente sólo un instante, lo justo para estudiar al recién llegado. Hanulf aprovechó el momento. Logró agarrar al joven, lo cual siempre eran malas noticias, y lo atrajo brutalmente hacia sí agachándole la cabeza. Cruzando  sus antebrazos como troncos bajo el cuello del joven, tiró hacia arriba usando su propio e imponente pecho para hacer palanca y estrangular al desgraciado Lobo. Al cabo de unos instantes de fútil lucha, el cuerpo de este pareció aflojarse y dobló las rodillas. Hanulf lo dejó en el suelo sin demasiados miramientos y vociferó.

- ¡No apartéis la vista de vuestro adversario, maldito sea El Colmillo! ¡No me importa que sea el Gran Lobo en persona quien entre aquí, mientras me tengáis delante vuestra vida ES MÍA, MALDICIÓN!

Los jóvenes se revolvieron intranquilos. 

- Me preguntaba, Hanulf –dijo Hage con rostro amable-, si podrías dar una tregua a estos jóvenes para escucharme un momento o dos.

Hanulf respondió con uno de sus acostumbrados gruñidos, despidiendo a los alumnos con un movimiento de cabeza. Ambos permanecieron en silencio mientras iban saliendo del salón, y luego Hage habló:

- He recibido órdenes de El Colmillo –dijo, esperando captar la atención de Hanulf. Éste gruñó -. Se trata de una misión.

Hanulf le miró con poco interés. Nunca ardía en deseos de ir a la guerra, a no ser que se le hablase de batallas apocalípticas y bestias casi mitológicas. “Una misión” despertaba en él la misma emoción que hacer guardia en la cantina.

- Se nos pide que la segunda y cuarta Compañías, con apoyo de elementos de exploración y de apoyo pesado de El Colmillo, abandonemos esta misión de reclutamiento y acudamos raudos al planeta Chiros.

- Chiros –dijo Hanulf sin levantar una ceja.

- Mundo agrícola Chiros, Sector Uhulis, junto a…

- ¡Maldita sea, sé dónde está Chiros, sé lo que es y sé cuánto hace que los Hijos de Russ no nos acercamos por allí! La última vez fue cuando Ulrik era joven, demonios, y fue para repeler una insignificante invasión de unos desgraciados piratas del espacio.

- Bien –dijo pacientemente Hage-, me alegra que conozcas el sector y el objetivo. Nos ahorrará tiempo y trabajo.

Hanulf se revolvió impaciente, queriendo librarse de aquel encargo monótono y sin interés alguno. Miró por el ventanal que había tras ellos, por el costado de la nave Fauce Carmesí, hacia las estrellas. 

- ¿Qué ocasión puede haber allí para la gloria? ¿Cuántos enemigos dignos de los Lobos Espaciales pueden encontrarse en un sitio así? ¡Un mundo de campesinos! Confío en que no tengamos que trabajar junto a la División Agrícola y fumigar los cultivos para acabar con alguna terrible plaga de pulgones.

Hage, casi sonriendo, dejó que Hanulf terminase de despotricar. Miró la poderosa espalda, surcada de cicatrices brillantes, del viejo Lobo Espacial. 

- Bueno, el Gran Lobo afirma que en Chiros se están dando cita varios ejércitos. Se rumorea que los Ultramarines ya están desplegándose. La Guardia ha enviado a varios regimientos para reforzar a las Fuerzas de Defensa Planetaria. Te preguntarás, como astuto guerrero que eres, por qué tanto despliegue. Pues bien, es porque…

- Ultramarines –comentó quedamente Hanulf, con poco disimulado desprecio-…

- … también hay varias razas xenos que codician ese planeta. Se habla de Caos, cultistas y guerreros sedientos de sangre, extrañas sectas que florecen a lo largo y ancho del planeta poniendo en peligro su estabilidad. Los Necrones, es maldita raza de metal y carne, han emergido de algún lugar del planeta y amenazan varios baluartes.

Hanulf se volvió, con repentino interés en la mirada. Recordaba las últimas batallas en las Estrellas Necrófago contra el Caos. Al menos eran guerreros dignos de enfrentarse a él. Pero Hage, que se guardaba un último as en la manga, continuó:

- Y lo más terrible, el mayor peligro, la razón por la que necesito que estés junto a mí y mis hombres, es que se habla... es más, ha sido confirmada la presencia de la mayor de las amenazas xenos. ¿Por qué crees que los Ultramarines han acudido tan raudos, amigo?

Sus palabras ejercieron el efecto que Hage había deseado. El rostro de Hanulf mostró sorpresa, y un segundo después comenzó a formar una mueca de rabia. Se pasó los dedos por una notoria cicatriz que le cruzaba el pecho.

- Así es, hermano. Los Tiránidos están en Chiros. Se han visto formas menores, guerreros, Genestealers y gantes, hasta ahora. Pero sabes bien que habrá bestias mucho mayores, con el tiempo. Lo invadirán todo, lo consumirán todo, como una plaga de langostas, como hacen siempre. Por eso te necesito, Hanulf.

Por la mente de Hanulf pasaron en rápida sucesión los recuerdos de las últimas batallas contra los malditos Tiránidos. Las primeras victorias en el helado Shadrac contra la condenada flota enjambre Medusa, la paralización de la ofensiva, y la lenta y agónica derrota que finalmente sufrieron los defensores. Recordó el día en que abandonaron definitivamente el planeta en manos de los infames xenos. Un mundo entero arrebatado al Imperio ante las manos impotentes de Hanulf. Nunca, desde las masacres de aquella época, volvió a dirigir personalmente a sus hombres: desde entonces Hanulf luchaba siempre solo.

- Dime solo una cosa, Hage –exigió Hanulf con una voz que no admitía réplica-. Dime si podré luchar contra este enemigo a mi manera. Bajo tus órdenes y las del Capítulo, pero con honor. A mi modo.

- Es todo lo que te pido, amigo –aseguró Hage.

Se estrecharon las manos a la manera de Fenris, agarrando el antebrazo del otro. No dijeron más, porque la guerra los necesitaba y cada cual quería hacer sus propios preparativos. El Líder de Batalla Hage observó como Hanulf se alejó con paso enérgico y se alegró de contar de nuevo con su amigo en el conflicto que se avecinaba.


martes, 4 de septiembre de 2012

Campaña de Chiros: Khorne [relato]




Ignatius avanzó cautelosamente entre las sombras del fondo del Desfiladero. A sus espaldas pudo oír los sutiles sonidos provocados por el resto de su escuadra de exploradores a medida que se movían entre los arbustos lanza y las grandes hojas de las palmeras. Se estaban acercando al final del Desfiladero Nero, un surco profundamente abierto en la roca gris de las montañas, un estrecho paso entre las llanuras Pevian y las tierras altas de cultivo.

El jefe de la estación hidropónica había enviado a Ignatius con sus ocho hombres a través del Desfiladero con una simple misión: comprobar que no había nada extraño al otro lado, en las llanuras. Varios días atrás se habían visto extraños bólidos nocturnos cayendo más allá de las montañas, rojas cintas de fuego que parecían naves en reentrada o pequeños asteroides ardiendo en la alta atmósfera. Los encargados de la estación querían asegurarse de que nada iba a enturbiar la duradera paz de las granjas, nada más. Eso, y mantener los beneficios de la última estación.

Ignatius llegó al final del desfiladero y miró abajo, al valle. Vio humo, un humo negro y espeso que se alzaba desde donde debería haber estado la primera aldea. Oyó un lejano eco que no supo identificar, un ruido profundo y prolongado que ceso de pronto. Comenzó el descenso con sus hombres siguiéndose, convencido cada vez más de que algo iba terriblemente mal.

Cráneos.

Cientos de cráneos ensangrentados, cubiertos de fango y otras sustancias irreconocibles, adornaban la extensión yerma y calcinada que hasta la semana pasada era un asentamiento de cazadores. Era, por lo visto, el único esfuerzo que los atacantes habían hecho después de matar a todos los habitantes: no habían saqueado nada, no se habían interesado por los equipos de radio, no habían tocado los cuerpos destrozados, que yacían donde habían caído.

Ignatius oyó a sus espaldas un alarido tan violento que prácticamente se tiró cuerpo a tierra. Se giró aterrado y vio tres gigantescos guerreros en servoarmaduras carmesíes, colosos cubiertos de sangre que emergían aullando de la vegetación. Casi en el instante mismo de volverse, vio como el primero de ellos convertía a uno de sus hombres en un surtidor de sangre con un hacha descomunal. El segundo cargó como un poseso contra Sven, que descargó su rifle láser sobre su pecho de forma mecánica, eficaz, militar. Sven siempre había sido metódico. El guerrero carmesí ni siquiera se detuvo, a pesar de que su placa pectoral humeaba por la sobrecarga láser. Sven murió mientras trataba de recargar su rifle, con la cabeza separada del cuerpo. 
Durante tal vez medio segundo, Ignatius sopesó la huida. Luego empezó a disparar loca, ciegamente, hacia los guerreros que parecían no inmutarse.

Minutos después, Lord Skarragh, Señor de Khorne, se acercó a la escena de la matanza mientras varias docenas de Berserkeres surgían de entre los arbustos. Los nueve exploradores yacían muertos, en estados más o menos reconocibles. Lord Skarragh vio los emblemas de las Fuerzas de Defensa Planetaria y casi sonrió. Levantó el torso de Ignatius, separado de sus piernas, y acarició el rostro distorsionado del hombre con sus cuchillas relámpago. Luego agarró el cráneo de Ignatius y, distraídamente, lo estrujó hasta que restos líquidos de lo que había sido su cabeza resbalaron por su antebrazo. Arrojó el despojo a un lado y miró a los bersérkeres que lo rodeaban.

- ¡En tres días solo he matado a cien insectos humanos! ¡No hay descanso para los que sirven a Khorne! ¡Ahogad este planeta en sangre y horror, no descanséis, no paréis de extender Su palabra!

Con un rugido demente, los psicóticos marines respondieron:

- ¡SANGRE PARA EL DIOS DE LA SANGRE!

Y formaron una marea roja de ceramita y hachas que se precipitó al desfiladero, hacia las granjas, hacia las colmenas, hacia los baluartes leales, hacia la matanza.

viernes, 31 de agosto de 2012

Campaña de Chiros: Tiránidos [relato]



El Explorador Primero Solomon Decium se revolvió intranquilo en el puesto de cola de la nave de reconocimiento Alveus. Dejó de tomar notas un momento y miró abajo, hacia el planeta que parecía cubrir medio cielo. Chiros era una joya refulgente de azul y turquesa, un hermoso planeta que seguía su rutina eterna de traslación y rotación. La Alveus orbitaba perezosamente a cuatrocientos kilómetros sobre él.

Solomon sabía exactamente qué estaban buscando, pero eso no disminuía su ansiedad. Había recibido instrucciones muy precisas del Almirantazgo acerca de su cometido en Chiros, instrucciones que no había compartido con ninguno de los cinco miembros de la tripulación y que durante días le habían mantenido en un estado de perpetuo nerviosismo. El resto de los tripulantes creían que estaban haciendo un mero estudio climático del planeta, y se dedicaban a ello con la eficiencia que les otorgaba su ignorancia. Pero Solomon sabía la verdad: Tiránidos.

Se esperaba que llegasen Tiránidos a Chiros. Cómo demonios se sabían esas cosas, Solomon lo ignoraba, pero el caso es que el Almirantazgo estaba sumamente nervioso por una posible infestación en Chiros y quería estar al tanto de cuanto ocurriera allí. La Guardia Imperial ya debía estar en marcha, los regimientos seguramente estarían ya viajando hacia el sector, los colosales engranajes imperiales estarían rechinando en esos momentos para defender el preciado planeta granja. O eso esperaba Solomon.

Llevaban dieciséis días en órbita, y lo único que habían visto eran unos bólidos cayendo sobre las Llanuras Pevian, escombros espaciales que dejaron un efímero rastro brillante antes de desaparecer en la atmósfera. Nada interesante.

Fue algo tan diminuto como un pequeño piloto rojo que parpadeaba en silencio lo que sobresaltó a Solomon, haciendo que se golpease el cogote contra la estrecha cúpula de observación. Era la señal, esperada pero, aún así, sorpresiva. Algo se acercaba.

Solomon cogió el magnificador visual y enfocó nerviosamente hacia varios sectores. Tardó más de un cuarto de hora en poder ver algo que no estaba allí una hora antes. Unas ligeras hebras, tan finas que Solomon consiguió distinguirlas solo gracias al zoom del magnificador, parecían extenderse a cámara lenta hacia Chiros. Mientras observaba, las finas líneas parecían bifurcarse y dividirse, avanzando  hambrientas hacia la atmósfera del planeta. Solomon sabía que, a pesar de su aparente lentitud, aquellas largas manchas surgidas del espacio se movían a muchos miles de kilómetros por hora. Era algo con la velocidad de un asteroide, pero mucho más peligroso que cualquier asteroide. Hizo unos frenéticos cálculos: doscientos quince minutos hasta el contacto con la superficie del planeta. Tomó la tablilla, apuntó varias cosas, activó el comunicador y comunicó a tierra su descubrimiento. Después codificó todo ello en un mensaje compacto, casi todo números y cifras, y lo envió al Navegante de a bordo para su transmisión al Almirantazgo. Hizo todo aquello con eficacia militar, y volvió a estudiar su descubrimiento mientras tomaba notas.

A medida que se acercaba a la mole del planeta, el enjambre parecía empequeñecerse en comparación. En ocasiones, las hebras eran casi invisibles. En algunos momentos la luz del sol local incidía sobre ellas de tal forma que provocaba miles de diminutos puntos brillantes, tal vez hielo producido por el frío interestelar, tal vez caparazones de seres vivientes.

Seres vivos. ¿Cómo podía una especie entera, sin maquinaria, naves ni instrumentos de ningún tipo, cruzar el vacío del espacio? ¿Cómo podían esos seres haber venido, como decían algunos, de otra galaxia que tal vez se encontraba a miles o millones de años luz? Solomon, con un pensamiento repentino, se percató de que aquellas hebras brillantes, en apariencia insignificantes, debían de contener en realidad millones, billones de toneladas de materia viva, palpitante y hambrienta. Lo que parecían meros retales de las inmensas flotas enjambre Kraken, Medusa y Jordmundgar, podía en realidad representar la perdición de un mundo entero. Se preguntó cómo vivirían en Chiros la llegada de la invasión. Dudaba que nadie, aparte de los más altos cargos del Gobierno, supiera lo que se avecinaba en todo el planeta. Imaginó a los habitantes mirando las extrañas manchas en el cielo, investigando el lugar del impacto y descubriendo la terrible verdad. Imaginó los seres de pesadilla que viajaban en esa tenue nube espacial, seres capaces de devorar tanques, o de infestar una ciudad colmena poniendo huevos de los que nacían híbridos espantosos, o de digerir  toda la biomasa de un mundo con los terroríficos Enjambres Devoradores. Solomon empezaba a comprender el auténtico horror que representaban los Tiránidos.

Había comenzado a sudar. Las finas hebras del enjambre Tiránido estaban ya adentrándose en la brillante atmósfera de Chiros.


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