martes, 5 de agosto de 2014

Rolemaster: el Lobo y el Fuego (III)

Recordaréis que las tropas de occidente iban camino al este, mientras la horda del clan de los Hombres de Fuego se preparaba para una batalla rápida y letal.

La compañía de Lucius (donde viaja todo el grupo, excepto Amanaki) se encuentra a varios kilómetros de la tropa principal, compuesta por unos mil hombres al mando del capitán Teophilus. Antes de que puedan unirse, los jinetes de los Hombres de Fuego aparecen a lo lejos y comienzan a acercarse rápidamente. A lo largo de la mañana se produce una batalla de desgaste en la que los jinetes tratan de diezmar al grupo de Teophilus mientras una avanzadilla secundaria mantiene inmovilizada a la compañía de Lucius para que no puedan prestarles ayuda. Los jinetes hacen varias pasadas disparando con sus arcos. Lucius emplea a sus ballesteros para causarles algunas bajas, aunque son los occidentales los que se llevan la peor parte. Amanaki, sin que sus compañeros lo sepan (forma parte de los atacantes), mata al primer oficial de Lucius de un flechazo y hiere gravemente al intendente Wilhelm. Xhioj y los demás, incapaces de responder al fuego (excepto tal vez el elfo Gorflim), esperan con ansia a que llegue el cuerpo a cuerpo. Aunque finalmente se produce una carga, esta es corta y sin demasiado poderío. Los jinetes prefieren conservar sus fuerzas. Wulgrum aniquila a un jinete con sus manos desnudas (algo que causa gran emoción entre los soldados cercanos) y Xhioj aniquila a un oficial nómada a hachazos.

En mitad del combate, más jinetes han aparecido en la lejanía. Llevan el estandarte del clan del Lobo Estepario. Los Hombres de Fuego los ven y comienzan a retirarse. Como midiendo sus fuerzas, ambas fuerzas de jinetes se olvidan por el momento de las tropas de occidente. Lucius aprovecha para reunir a unos cuantos de sus soldados y unirse a la fuerza principal de Teophilus, que ha sido muy castigada. Un emisario del Lobo se les acerca y les propone algo inesperado: les ofrece dejarles marchar si se dirigen al norte, a la ciudad de Helias. Afirma que Helias es el verdadero objetivo de los Hombres de Fuego y que prefiere que estén allí, defendiendo la ciudad de sus enemigos (recordemos que los Hombres de Fuego y el Lobo se aborrecen). Teophilus decide ser práctico y aceptar la oferta, retirándose sin mucha honra pero con vida.

El viaje hacia el norte es lento y penoso. La tropa está diezmada. Han dejado las tierras al este del Lago de las Especias en manos del enemigo. Mientras atraviesan de nuevo el Pantanal de los Caballos, algunos grupos del ejército sufren el ataque de varios espectros de los pantanos, horribles seres muertos siglos atrás que han vuelto a la vida. El motivo de esta impía resurrrección solo puede suponerse. ¿Tendrá algo que ver con el Rey de Andrajos y sus sirvientes espectrales? ¿Serán los magos de los Hombres de Fuego?

A su llegada a Helias se encuentran la ciudad bullente de actividad. Es evidente que están preparándose para los combates que se avecinan. Ven tropas de soldados regulares, milicias y mercenarios. Por supuesto, meter tantos soldados en un espacio reducido tiene sus peligros, y pronto empiezan las trifulcas, riñas y discusiones. El grupo se ve envuelto en un enfrentamiento absurdo con un grupo de mercenarios (bastante desagradables, por cierto) que casi acaba en un duelo entre Xhioj y el líder de estos. De hecho, ya habían arreglado las cosas para una lucha a muerte, a pesar de las advertencias de que tal comportamiento sería castigado severamente. Al más puro estilo televisivo, el duelo entre ambos se ve interrumpido in extremis por un grito desgarrador que viene de muy cerca. Xhioj y el mercenario deciden dejarlo para otro día y todos corren para ver qué ocurre. Un matrimonio mayor, que salía temprano de su casa, ha descubierto el cuerpo, mutilado y profanado, de una joven local. Todos pueden ver el cuerpo, tirado en mitad de un callejón y cubierto de sangre. ¿Hay un asesino entre los soldados, o es algo más siniestro? Todos han visto a curtidos mecenarios tratando a las jóvenes locales con vulgaridad. ¿Alguno quiso ir más lejos? ¿Ha vuelto Xhioj a matar inocentes como pasatiempo? Todos se miran con suspicacia...


Amanaki ha tenido su propia ración de peligro. Tras la batalla con los occidentales y la llegada del clan del Lobo, los Hombres de Fuego se retiraron y acamparon. En mitad de la noche, alguien le despierta a empujones. Es un jinete nómada con el que había intercambiado algunas palabras. Parece ansioso, agitado. Amanaki se despierta del todo y ve lo siguiente: el jinete, con un largo puñal ensangrentado, está junto a un cadáver degollado y tiene su caballo cogido por las riendas. No pasa ni un segundo antes de que varios nómadas más, con antorchas y las armas en la mano, aparezcan corriendo, mientras gritan "¡al asesino! ¡Allí está, tiene un cómplice!". El fugitivo monta a toda prisa y sale disparado.

Amanaki no lo duda: coge su petate, lo tira sobre el caballo y monta, azotando a su caballo. En la persecución que sigue, el fugitivo nómada queda atrás, probablemente capturado y muerto por sus perseguidores. Amanaki, tras una accidentada persecución, logra herir a su atacante y perderse en la noche. Sin saber qué demonios ha ocurrido, pone rumbo al norte, a Helias.

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